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Toda una vida arreglando y corriendo. Nació en Chépica, donde inició esa cariñosa relación con los caballos, que le ha permitido alcanzar grandes satisfacciones en su vida y también correr en la Catedral del Rodeo Nacional.

A sus 63 años de edad, Jaime Marchant Meneses no tiene ganas de ponerle punto final a su pasión. Y por lo mismo, con todo el entusiasmo vivo, sigue arreglando caballos, corriendo a la vaca y sintiendo bajo la piel como le bulle la sangre cada vez que entra a una medialuna.

Jaime Marchant es uno de nuestros Corraleros de Tomo y Lomo y por eso nuestro portal quiso entablar una conversación,  para que nos hablara de sus comienzos y de lo que ha hecho en su trayectoria corralera.
"Yo nací en Chépica, me crié cerca de los amigos Navarro, de Fernandito, el papá del Chiqui Navarro. Mi mamá en ese tiempo trabajaba en la casa de ellos y la respetaban mucho. Yo estaba niño y veía a los hombres galopar caballitos y me empecé a entusiasmar. Me gustaba, pero no tenía los medios para hacerlo por mi cuenta. En ese tiempo era medio difícil la cosa y como era de familia humilde…".
Y continúa narrando don Jaime.
"La cosa es que así fueron mis comienzos. Después me fui a Linares. Ya estaba más hombrecito y me fui con mi padrino que era don Raúl Contesse. Ya tenía unos 20 años, estamos hablando de los años 60. Estábamos cerquita de don Ricardo de la Fuente Chaparro, el papá de don Cacaro, un hombre muy acampao, bueno para el lazo, para los caballos".
Siguiendo con la historia de sus comienzos, señala que su padrino se fue a cargo de un fundo en el camino a Panimávida…
"Por ahí había un vecino amigo que tenía dos yegüitas, era el señor Ernesto Mardones, que tenía un negocio de Línea Blanca en Linares. Y me dijo si les recibía las yeguas para trabajarlas. Yo ya había galopado caballos, pero de esos brutitos nomás. Como empecé de capataz en el fundo, tenía que yo mismo amansarme los caballos, pero guiado por Raúl Contesse, que fue un segundo padre mío.
Partimos, saqué una collera de yeguas, que fue la primera. Eran la Talonera y la Aguacera".
Cuenta, asimismo, que en esa época se comenzó a formar el Club Corral Puerta Abierta y entre los iniciadores estuvieron don  Ricardo de la Fuente y Jorge Lasserre, ambos ya fallecidos.

Ese primer rodeo

"Puros hombres acampaos y yo en el medio, como me gustaba el asunto, los atendía, porque era un corral muy bonito. Don Juaco Acosta fue quien pasó el terreno. Y ya teniendo 22 años fui a mi primer rodeo, pues mi padrino me dio la oportunidad, diciéndome que ya estaba algo capaz y que lo iba a acompañar. Así que fuimos a un rodeo en Villa Alegre. En esos años, un rodeo de tres días, arriba de 85 a 90 colleras, ya que no se corría tanto caballo inscrito".
Y como si lo estuviera viviendo nuevamente, a juzgar por el tono de voz, señala que tuvieron la suerte de premiarse.
"En ese tiempo, para premiarse era brava la cosa. Pero como a mí me gustaba y era capataz del fundo, le hacía empeño. Nos sacamos un segundo champion, superando a varias colleras y recuerdo que en ese tiempo estaba empezando a correr Cacarito de la Fuente, haciendo collera con Nacho Cortés. Ya estaba tirando el hombre para arriba, y así había muchas colleras. Estaban los hermanos Bustamante con don Jorge Lasserre. Así que cuando volvimos, el profesor me puso un siete".

Luego se vinieron a Valdivia de Paine, cerca de Aculeo y se incorporó con su padrino a un  club en la Isla de Maipo.

"Posteriormente tuve un patrón al que respeto mucho, y que fue un amigo mío. Eso, cuando uno es empleado, es muy difícil decirle amigo al patrón. Un señor que se llama don Luis Díaz de Valdés. El año 1985 me dio la oportunidad de trabajar con él. Allí trabajé dos yeguas, la Manopla y la Muñeca; comenzamos a correr, tocándome a mí ahora enseñarle  lo que yo sabía. Claro que no nos tomaban mucho en cuenta, como él no era muy conocido y yo estaba empezando, pero esa temporada, en ese año en que fue el terremoto del 1985, nos tocó desempatar con los hermanos Salazar de Talca y nos sacamos el segundo champion en la medialuna de Aculeo. Ya estábamos en las cuecas adentro del casino, cuando empieza a derrumbarse el cerro. Completamos esa collera y llegamos a Rancagua".
Asevera que desde entonces se anduvieron desparramando, tomando distintas direcciones.

Arreglando y corriendo.

"Pero ya con los años que han pasado, se puede decir que he sido feliz. Porque, ¿qué más le puedo pedir a Dios? Trabajo en mi casa; arreglo caballos aquí en el sector de Mallarauco, a la entradita del puente Chirigue. Tengo una medialuna chiquita en un pedazo de terreno y trabajo con un hijo mío, para enseñarle lo que yo aprendí. Así que seguimos haciéndole a los toros, trabajando caballos y corriendo ahora en los rodeos de la Federación Nacional de Rodeo y Clubes de Huasos. Yo me cambié hace cuatro años de federación y pertenezco al Club Vista Hermosa".
Agrega que el club es bastante entretenido y que le gusta darle consejos a los jóvenes corredores.

"Yo estoy muy activo como corredor todavía. Estoy corriendo con mi hijo Jaime, que ya tiene 21 años. Ya hemos llegado tres veces a Rancagua y ahora tenemos una collera a la que le faltan dos puntos, que es la del Trampero y Patahual. Con mi hijo nos entendemos bien en la medialuna, pero de repente no comprende que esto no es todo ganar. Yo lo aconsejo que el Rodeo tiene muchos detalles y hay que respetar al jurado, al delegado y hay que aceptar también las derrotas".
Y añade que pasa por un momento de mucha tranquilidad y que cuando no corre, sale a perseguir liebres.
"Vamos para unos campos de rulo por el sector de San Pedro, donde a quienes somos corraleros nos dan permiso para entrar con perros zorreros a perseguirlas por los cajones de los cerros. Así que en eso nos llevamos. Y hace poco fuimos a un rodeo muy lindo en Til-Til, donde nos fue bien. Sacamos el primer lugar en una serie y después en el Champion nos tocó un novillo difícil que nos obligó a hacer un punto malo  y para afuera".

63 años bien correteados

Don Jaime no se hace problemas para señalar que tiene 63 años, confidenciando también que tuvo una mala pasada.
"Hace un año, en mayo pasado, se me murió mi señora, que se llamaba Eugenia Martínez Orostegui, con quien tuve dos hijos. Una niña, Andreíta, que tuvo que tomar un poco las riendas de las casa, porque cuesta formar un hogar de años; y Jaime".
Pasado ese instante de pena que pone hielo en su corazón, nuestro entrevistado también declara ser poseedor de una riqueza muy especial.
"He andado bien de salud, gracias a Dios. No tengo riquezas, pero creo que la salud es riqueza. En cuanto a accidentes corriendo, una vez me dí vuelta topeando en un potrero de rulo. No sé cómo nos enredamos, caímos y la yegua me puso una pata  en un brazo y obligado a ir, por cuestión económica, a atenderme en Linares, de donde había salido hace tantos años. Estaba “enjaulado” en el hospital, pero haciendo bonitos recuerdos".
Y revisando la libreta mental, precisa que su mejor actuación corriendo ha sido este último año en Rancagua.

"Llegamos con el Trampero y el Patahual. El Trampero es de muy buena sangre, es hijo de Tranquilo, que viene del Puma, que es No Me Toques. Y Patahual es un potro que lo tuvo algunos días mi amigo Kiko Meza de Santiago. De ahí yo lo terminé y lo saqué a correr. Ya es un caballo maduro, de nueve años. Viene por la línea del Tequila, que es Curanto, y Guaraní.  Los dos son medios tractores y se llevan los toros por delante. Así que en eso estamos ahora".

Seguramente, al terminar esta conversación, iría a encontrarse con su hijo para seguir trabajando en su medialuna, arreglando caballos y disfrutando ese sabor especial que ponen los nobles caballos en la vida de cada corralero. Esto es parte del anecdotario de don Jaime Marchant, un ejemplo digno de imitar, un caballero dentro y fuera de las medialunas.

Por Miguel Ángel Moya

 

 

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